El hombre vio que lo observaba. Sacó la escopeta y disparó.

 

Andrés Caro Berta 

(Pertenece al libro Adrenalina Montevideanis (nada será igual). Ed. Abrelabios. Montevideo. 1997

 

 

La tarde era agradable y calurosa. Yo miraba el movimiento de los autos, el frenar, el arrancar, los semáforos, la gente llegando a sus casas..., el paisaje que lentamente iba transformándose a medida que el sol se ocultaba entre los edificios.

 

Cuando me disponía a entrar, lo vi.

 

Aunque parezca ridículo, el hombre, a dos cuadras de donde yo estaba, se reía de mí.

 

Esa forma de gesticular me produjo miedo. Me sentí inseguro, desprotegido... Quise retener el sol que se me escapaba dejándome solo con...

 

La camisa se empapó. A la distancia, el hombre me miraba.

 

Yo no estoy loco. Me miraba. Permanecía amenazante a dos cuadras, parado al borde de la vereda.

 

De pronto di un salto hacia atrás. El había comenzado a caminar hacia la casa. ¡Hacia mi casa! Las piernas se me aflojaron. Quise entrar pero mis manos no me respondían; manoteaba las llaves, pero le erraba a la cerradura, mientras mis ojos no podían hacer otra cosa que observar atentamente a ese hombre que avanzaba lentamente hacia mí.

 

Sin poder apartar la vista de él, busqué la cerradura. Con la otra mano arrastré la llave hasta encontrar el hueco, la introduje y pude abrir. Sentía escalofríos.

 

Intentando controlar el temblor que me invadió, logré moverme.

 

El hombre seguía avanzando. Lentamente.

 

Tenía una sonrisa sádica.

 

Cerré la puerta y sin prender la luz, corrí hacia la ventana para poder verlo. Allí estaba. Caminando sin apuro hacia mí.

 

Mi mano se crispó. Mi cuerpo se puso tenso y en estado de alerta. Algo tenía que hacer.

 

Luego de mirarlo atentamente, ya a una cuadra de distancia, fui hasta el dormitorio, tanteando en la oscuridad.

 

Busqué debajo de la cama y encontré lo que buscaba. Arrastré la caja hacia mí. Sin ver nada, pero sabiendo lo que tenía frente a mí, saqué de ella un rifle y balas.

 

Me sentí más calmo.

 

Me acerqué nuevamente a la ventana, y mientras ponía bala tras bala, observé. Ya no caminaba lentamente, ahora corría hacia mí.

 

Rompí el vidrio y apunté hacia él. En la mira su cara se agrandó. Su sonrisa sádica no dejaba de mirarme.

 

Y cada vez estaba más cerca.

 

¡Media cuadra!

 

El disparo perforó el aire y el hombre dejó de correr. Con el impulso que llevaba, quedó un instante suspendido en el aire y luego cayó espectacularmente hacia atrás.

 

Y rodó.

 

Gran cantidad de gente corrió hacia él.

 

Yo permanecía viendo todo a través de la mira del rifle.

 

Y, sorpresivamente, alguien más apareció.

 

Una mujer, de espaldas a mí, muy cerca de mi casa, miraba hacia el hombre, paralizada.

 

Se le cayó la cartera.

 

Me daba la espalda, pero lo comprendí todo.

 

El hombre caído... antes corría hacia ella...

 

La mujer permanecía estática en la mira. No atinaba a nada.

 

Apreté el gatillo y rodó.

 

Rodó.

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