La película debe luchar contra muchos inconvenientes, pero a medida que pasan los minutos crece la estatura de Noher como actor, y la de Borges como pensador.
Ah, los actores argentinos...
Lo primero que aparece es la voz de Borges, escondido entre tantos libros, en un cuartito de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Y ya ahí uno se sorprende. ¿Es Borges realmente hablando? ¿Fue rescatada su voz de algún documento? No. La cámara acompaña a los actores y finalmente se descubre el misterio: es Jean-Pierre Noher caracterizando a este genial pensador porteño.
El filme debe luchar con varios inconvenientes. El más grave es el relacionado con las actuaciones. No hay nadie que le llegue a los talones de Noher-Borges. Quizás fue a propósito para levantar aún más la figura del actor y la del escritor. No lo sé. Pero me parece que lo más acertado es pensar en que sigue el cine argentino dando pésimos actores. Recitan, declaman y muestran un rostro imperturbable aunque estén pasando las cosas más terribles.
La magia de Noher-Borges
Del otro lado, Noher compone a un Borges tan creíble, desde su voz, sus gestos mínimos, su caminar, los ojos que van a la ceguera, sus expresiones filosóficas tan bien dichas las que no parecen sacadas de libros, que merece premios (muchos) por su actuación.
En la entrevista que le hicimos, que incluimos en dicha sección, Noher hablaba del poco tiempo que tuvo (3 semanas) y lo importante que es para un actor, el poder tener un rol de este tipo.
Realidad real y realidad virtual
Borges se debate entre la realidad y la fantasía. Huye de la primera, por ser demasiado pesada para él, con un padre muerto y extrañado y una madre dominante y castradora.
El encuentro con la traductora uruguaya, hecho real, genera en el escritor el acercamiento al amor. Pero el amor real, vivencial, corpóreo, para el que él no se siente capacitado. Así, Borges sublima, evita concretar el anhelado encuentro, reniega de la mujer que lo provoca, y se rinde miserablemente al amor de la otra mujer, una madre que maquiavélicamente lo induce a escribir y evitar el contacto con el mundo real.
Se debe sufrir para crear?
¿Quiénes son los beneficiarios de este drama? Evidentemente, los lectores. Lo que lleva a reflexionar si es necesario el calvario personal para generar obras artísticas.
¿Se habría construido el Aleph, si Borges concretaba un vínculo amoroso, que incluía la relación sexual?
Frente a este enigma, uno como lector, como consumidor de sus escritos, no puede más que ponerse nervioso.
Quien vea la película, podrá disfrutar de ese hombrecito tímido, encerrado en una ceguera anterior a la real, acompañará a Borges en los devaneos amorosos, sufrirá al saber cómo fueron escritos algunos textos, y quedará con un debate interno mucho después de la palabra "fin", lo que es otro de los aciertos de este filme sobre Georgi.
(*) Publicado en Cinema Uruguay
