La noticia cayó como una bomba. Es que nadie podía creer lo que se informaba. Murió Juan Pablo Rebella.
(Nota publicada en Diario Cambio, de Salto y Cartelerateatroff, de Buenos Aires)
Psic. Andrés Caro Berta
La noticia cayó como una bomba en el ambiente cinematográfico de nuestro país, y se expandió al exterior con el mismo impacto.
Es que nadie podía creer lo que se informaba. Murió Juan Pablo Rebella.
¡¿Quién?! ¡No puede ser!
Juan Pablo Rebella, un desgarbado muchachón de 32 años, junto a sus inseparables amigos Pablo Stoll y Fernando Epstein fue el responsable de una transformación del cine uruguayo.
Se puede decir sin exagerar que hay un antes y un después de las dos películas realizadas por este trío, que incluso generaron la mayor cantidad de premios internacionales que recibieron producciones de nuestro país.
Luego del impacto inicial, alguna información de cómo ocurrió la muerte dio alguna pista, pero no el por qué. El quitarse la vida siempre encierra dramas personales a los que uno no ve solución.
Personalmente, me impacta mucho la noticia por muchos motivos.
Primero, siempre que muere alguien querido, respetado, a uno se le abre un agujero en el alma. A medida que pasan los años debemos acostumbrarnos a perder a los viejos compañeros de ruta. Pero que muera un tipo joven, con tremendo futuro implica un dolor aún más intenso.
Y a eso se le agregar las circunstancias trágicas mencionadas anteriormente.
Juan Pablo tuvo siempre una mirada cansina, desencantada pero también burlona de la realidad. Nunca fue de falta de respeto. Por el contrario, permitió generar el mirarse y sentirse retratado en esos jóvenes aburridos de un barrio montevideano o en esos avejentados y aburridos seres grises de su segunda película.
"25 watts" contaba una historia mínima. Un trío de adolescentes dejaba pasar los días grises hacia una adultez gris. Junto con ellos aparecían una serie de personajes tragicómicos (como el vendedor de pizzas, o el dueño del auto - parlante) que hacían curiosamente reír y pensar a públicos tan lejanos como el holandés, por ejemplo, donde ganó premios importantes.
Luego de concretar este proyecto que había nacido mucho tiempo atrás, y que se fue construyendo en una gran amistad surgida entre los tres, cuando ya todos nos preguntábamos si este logro del cine nacional terminaba allí o aceptaba el desafío de crecer, se anuncia una segunda película.
Esta vez, ya no con una historia casi sin guión, sino con un argumento sólido, actores veteranos y un mejor dominio de lo técnico.
Así apareció "Whisky", ya irónica y tierna desde el título, haciendo referencia a la palabra que habitualmente pronuncia quien va a sacar una foto y busca que el que va a ser retratado, sonría.
Y claro, fue la consagración. El mostrar que se podía más. Que lo anterior no era una ilusión o un juego de adolescentes, sino que por el contrario, había un trabajo sólido, detrás.
En ello contribuyó enormemente Fernando Epstein que inauguró en nuestro país una nueva función, el de productor. Fue él quien lanzó hacia el exterior el filme y luego lo paseó por festivales competitivos en los que, con asombro, se veía en nuestro país la receptividad que tenía.
Queda un inmenso dolor.
Juan Pablo tenía un tremendo futuro como realizador. Ya estaba preparando otra película junto a Pablo Stoll, entre otros proyectos.
Pero además, perdemos un valor tremendo en la cinematografía uruguaya.
Con la muerte de Juan Pablo, también pierden los nuevos realizadores un tipo que los apoyó desinteresadamente, y colaboró con ellos para demostrarles que con poco se puede hacer mucho, si se usa la creatividad.
Y Pablo Stoll y Fernando Epstein se quedan sin el amigo con el que generaban lúdicamente las historias que luego desarrollaban en la pantalla.
¿Qué decir?
Nos queda un nudo en la garganta.
Saludo a Juan Pablo, donde esté, con mi mayor respeto y cariño.
