Nota publicada días previos al estreno de la obra.
-¿Por qué una obra sobre Sade?
AC- Bueno, en realidad no es "sobre". Ocurre que Sade es un gran desconocido, incluso entre los colegas de la salud. Ha quedado una leyenda oscura a partir de sus relatos, identificándolo con sus antihéroes permanece oculto lo más importante: Sade fue un libertino, sí, pero además un prolífico autor de obras teatrales, poesías, fue un transgresor, un revolucionario que fue encarcelado por los propios revolucionarios cuando no aceptó firmar como Presidente de un Tribunal Popular la ejecución de unas personas. Sade fue un moralista y el primero que realiza un estudio pormenorizado de las perversiones sexuales en, por ejemplo, su obra mayor: Las 120 Jornadas de Sodoma.
- Pero... No era un santo...
AC- No. Pero tampoco era tan sádico como quedó en la historia. A partir del surrealismo comienza una corriente que busca ubicar al marqués en su justo término. Sade vivió treinta y pico de años en las cárceles; fue acusado injustamente y solo una vez encarcelado por sus obras licenciosas. Atrás de las sucesivas detenciones está su suegra, la llamada Presidenta, a la que confiesa su particular filosofía del amor y quien se convierte en su enemiga más grande. Sade en realidad estaba enamorado de la hermana menor de su esposa. Con esta se casó por mandato del padre y si bien la quiso, le fastidió siempre su poco interés por lo sexual. Esta mujer, igualmente, fue una gran compañera y lo acompañó por las distintas prisiones, compartiendo encierros con su esposo.
- Usted decía que la obra de Sade es extensa. ¿Qué pasó con ella?
AC- En su gran mayoría fue destruida. Uno de sus hijos fue quien se encargó de ello. Siempre aborreció de su padre y mandó quemar todo lo que encontró. Hay un hecho insólito. Sade escribió "Las 120 jornadas" en un mes y un día en La Bastilla. Cerca del estallido de la revolución, comienza a arengar desde su celda a la población parisina para que sacaran a los presos de esta infame prisión. En realidad quedaban solo seis prisioneros, pero eran todo un símbolo. Utiliza un caño de desagüe de sus excrementos y lo convierte en un tubo altavoz. Larga a la calle desde su celda gritos revolucionarios. Las autoridades se asustan porque temen un desborde caótico de los parisinos estimulados por lo que decía Sade; entonces, un día antes de liberar a los otros presos, lo sacan de La Bastilla y lo llevan, bajo tremendas medidas de seguridad a otra cárcel. Así se pierde el marqués de ser liberado. Allí queda, escondida entre los huecos de las paredes la obra mayor de él: "Los 120 jornadas..." escrita en pequeños cilindros de papel. Muere creyendo que se perdió para siempre. Finalmente se encuentra. Cerca de cuarenta años después de su muerte, la obra pasa a un coleccionista. Aún hoy no conocemos el original. Está guardado celosamente. Lo que tenemos es una versión, según se dice, totalmente fiel.
-Entonces, ¿por qué era peligroso Sade?
AC- Por sus textos, sí, porque eran más vendidos que La Biblia, por la leyenda que él mismo se encargó de crear, por sus constantes ataques a lo establecido. Él insistía que lo suyo era meramente un juego amoroso con un acuerdo previo de las partes, donde justamente se ritualizaba la agresividad como ocurre con otras especies animales. Él decía que la verdadera violencia la ejercen las instituciones: La Iglesia, el Estado y la Justicia. Eso queda claro en la obra, espero.
- Pero lo que hacía no era un juego de niños.
AC- No. Pero debe observar esto. La flagelación era habitual en aquella época entre la nobleza. La sodomía, también. Las prostitutas habitualmente recibían ofrecimientos para ser castigadas a cambio de una mayor paga. La fusta y otros objetos eran usados por los maestros (existían textos escolares que insistían en su beneficio) para castigar a sus alumnos; en Londres en el siglo XIX se calculan unos 800 clubes privados de flagelación. Los curas y los maestros y profesores en su gran mayoría practicaban y fomentaban entre los niños la sodomía. Incluso se cree que esta conducta, denunciada por Sade, le viene de su infancia cuando estuvo internado en el Colegio parisino de los Jesuitas.
-¿Sade era culto?
AC- Claro. Por el lado materno era descendiente de Laura Noves, la inspiradora de Petrarca. Eso le marca mucho a él, como a un tío abate libertino con el que vive entre los cinco y diez años. Ese hombre habitaba un castillo con dos amantes (madre e hija) y disponía de una biblioteca completísima donde Sade se nutre.
LA OBRA
-De todo esto que usted señala, ¿qué incluyó en su obra?
AC- Busqué mostrar las dos caras de Sade. El moralista libertino que era. Sade escribe utopías que se adelantan en cincuenta años o más a los movimientos revolucionarios europeos del siglo XIX; habla de que los niños deberían de ser entregados al Estado así se evitarían los incestos (La revolución bolchevique lo lleva a la práctica); habla de un estado benefactor con los ancianos, ataca a los poderosos que escudados en su poder abusan de la gente; de los gobernantes como el rey y la reina más libertinos que él; pero como el personaje dice: "Ellos hacen lo que yo apenas digo y escribo. Y me meten preso. Son ellos los que deberían estarlo". Sade está en una mazmorra de su casa, con un partenaire atado y amordazado. Tiene todo dispuesto para iniciar una sesión de sexo pero está atormentado por los fantasmas. De pronto, golpean la puerta. Allí se desata la verdadera tragedia.
LA VERSIÓN
- ¿Cómo escribió "SADE, EL DIVINO MARQUÉS sucumbe ante la violencia?"
AC- Desee los quince años escribo. Cuentos, poesías, obras teatrales. Tengo registradas y editadas, varias . La primera fue "Crimen sexual sobre un escenario". Hay una que quiero muchísimo, se llama "Géminis. La leyenda" que con una estructura de teatro griego habla de Pólux que quiere ir al infierno a rescatar a su hermano Cástor, y para ello le pide ayuda a Zeus. También: "No vengas a Montevideo. Te vas a enamorar" entre otras. Esta obra del Marqués, quizás la venía escribiendo mentalmente desde hace unos veinte años. Desde que empecé a estudiar Psicología me atrapó ese fascinante personaje, igual que Sacher- Masoch de donde salió la denominación de Masoquismo (aprovecho a decirle que la segunda parte de esta trilogía que empecé con esta obra, es la adaptación para teatro de algo terrible como es La Venus de Las Pieles, de Masoch). Cuando fui conociendo quién había sido el marqués (el "divino marqués " se lo puso Rubén Darío) entendí que las etiquetas no dejan ver la realidad. Escribí algunos textos (que han sido publicados y otros que esperan) sobre el tema y el año pasado volví a ver a un actor, Julio Torello en un grupo de dramaturgia de Ana Magnabosco. Julio se entera que hace años escribo obras de teatro y me dice: ¿Tenés algún texto para mí? Un personaje tortuoso. Llegué a casa, me senté en la máquina y al día siguiente estaba la obra pronta. Faltó hacerle retoques, variar el final y ya estaba. Lamentablemente luego, Julio debió abandonar el proyecto. Ya teníamos sala y fecha de estreno. Entonces, realicé un casting, envié pedidos de auxilio (se ríe) a muchísimos amigos y foros teatrales y apareció este magnífico actor que es Walter Rey.
- Un prestigioso hombre de teatro.
AC- Sí, claro. Dramaturgo (con varios Florencios), nominado como actor, director, ejecutivo del teatro La Candela. No podía creer que se interesara en mi obra. Pero bueno, fue así. Y la entrega ha sido total. Memorizó en un mes un monólogo de una hora y media, entre otras hazañas. A Walter lo conocí a través de mi programa de radio Estados Alterados y es un sueño hecho realidad que sea el Marqués.
Como me dijo Ivan Solarich, Walter es un rey para el marqués.
LA DIRECCIÓN
-¿Es su primera dirección?
AC- Sí, la primera. En realidad desde hace 20 años trabajo como coordinador grupal en creatividad, soy psicodramatista, por los 80 tuve a cargo por dos años un grupo de niñas (cerca de cincuenta) con las que hicimos dos obras de teatro que fueron creación de ellas mismas. Con adultos pasa lo mismo. Mi primera esposa fue bailarina del SODRE. Yo preparé para ella distintas coreografías que luego no se llevaron a la práctica. Esto es un sueño para mí. Siempre quise dirigir. Soñaba desde niño con ser el director de películas. Tengo guiones hechos, en fin... Espero que no sea la última. Lo que tengo claro como director es que una obra teatral es una pieza de relojería suiza. Tiene que ser todo milimétrico. No pueden haber pozos narrativos. Lo cual no es sencillo. Pero a eso apuntamos. El espectador debe sentirse integrado desde el primer minuto al último. No debe ser agredido. Pero sí, ser parte de la obra. Debemos sostenerlo en el borde del asiento, casi sin poder respirar.
LA ESCENOGRAFÍA
- ¿Cómo surge la vinculación con Daniel Panarese?
AC- A Daniel lo conocí hace muchísimos años. Nunca más lo vi. Me lo reencuentro hace muy poco, le comento en qué ando, me dice que él es entre otras cosas, escenógrafo. Se ofrece. Lo invito. (No recuerdo qué fue primero) y es un pilar en este grupo. Se puso enseguida la camiseta, pero además Daniel está realizando la escenografía, las luces, la página WEB... Entendió enseguida el espíritu de la obra y me asombra gratamente su fuerza, su tezón, su energía. ¿Vio la escenografía? El público se va a quedar impactado. Es un punto de apoyo enorme para Walter Rey.
LA MÚSICA
- ¿Y la música?
AC- Es otro de mis orgullos. Que haya aceptado Daniel López, un magnífico músico (también psicólogo) al que respeto enormemente. A las 8 y media de la mañana le leí la obra en la casa, le mostré ejemplos musicales de lo que quería y comenzó a trabajar. Incluso agregó una estupenda música como Inés Saavedra al grupo, lo que me dio una alegría enorme.
- ¿Qué quería usted para la obra?
AC- ¿Musicalmente?
- Sí.
AC- Bueno, yo le decía a Daniel que quería que hiciera una banda de sonido como para una película. Que hiciera un producto que se independizara de la obra, que tuviera vida propia. Pero además que marcara los climas. Por ejemplo, la participación de ellos como compositores es fundamental para el comienzo (el marqués camina en la penumbra por el escenario preparando sus instrumentos para la sesión que va a iniciar) y el final donde (no lo puedo contar) es impactante lo que ocurre. Quería que la música fuera como en los créditos finales de los filmes. Que el dramatismo de esa escena se prolongara en el sonido y los espectadores se fueran del teatro tarareando las estrofas y meditando sobre lo visto.
-¿Lo lograron?
- Por demás. Lo superaron.
LA FOTOGRAFÍA
- ¿Y la fotografía?
AC- Necesitaba alguien que documentara el proceso. Alguien que dejara testimonio de la construcción de la obra. Pero además, alguien con nervio que hiciera pequeñas obras de arte para difundir el espectáculo. Roberto Estévez era el indicado. Con Roberto nos conocemos desde hace años. Pasamos de todo, juntos. Pero fue alguien que siempre estuvo. Y a quien respeto muchísimo. ¿Usted vio las fotos? Son magníficas.
VESTUARIO
- ¿y la ropa del marqués?
AC- Fue toda una investigación. Ana María Bordoli ya tiene mucho trabajo en producción de vestuario teatral. A partir de alguna idea mía diseñó la vestimenta de Sade. El resultado es asombroso. Se detuvo hasta en los pequeños detalles. Da perfecto el estilo de la época. No era sencillo porque debíamos dar el toque de entrecasa, pero a su vez el marqués es un noble... Recuerde que la obra, aunque no explícitamente, transcurriría en 1801.
LA PRODUCCIÓN
- Nos queda nombrar a la productora.
AC- Silvana Rodriguez... En el grupo humano somos tres geminianos. El marqués de Sade, Silvana y yo. Ella comenzó como productora del programa de radio. Establecimos una relación de trabajo muy fuerte. Es vital, emprendedora, muy trabajadora. Un día me dijo: "Si me aburro, me voy". Y es un pilar fundamental. Usted sabe que el éxito de un producto se basa en la calidad del mismo pero también en cómo es ofrecido. En ese sentido, Silvana es un pilar de estas Producciones Nómades.
- Suerte.
AC- ¡Merde! Como dicen en el ambiente teatral. El texto ya está recorriendo varios países (Me lo han pedido dramaturgos y directores de Argentina, Brasil, Paraguay, Perú, Cuba, Estados Unidos, Uruguay). Tenemos ofrecimientos para participar de festivales. El marqués vino para quedarse.
