Revisando números atrasados del foro celcit me encontré con una nota muy interesante de Exequiel Lavandero Pascal sobre la labor del director.

Coincido muchísimo con su óptica. En mi caso particular como director y dramaturgo, o viceversa

 

Recuerdo que a mi consulta (soy psicólogo) hace mucho tiempo llegó un músico, un gran percusionista que estaba peleado con su labor y su instrumento. Venía con la escuela de que un buen ensayo es aquel donde las manos (en su caso) sangran. Poco a poco fuimos viendo que lo importante es que se llegue a una relación sensual con su instrumento donde aparezca el placer, que no significa pérdida de rigor profesional. Pero, como con los actores, si uno no lo siente… no lo transmite. Un día apareció con un libro interesantísimo llamado Música desde el alma (que lamentablemente presté y me lo devolvieron) donde una musicoterapeuta norteamericana justamente apunta a eso, al vínculo donde el cuerpo del ejecutante se prolonga hacia el instrumento, y de allí nace una hermosa relación de afecto.

Creo que la labor del director es articular. Resaltar lo positivo, fomentar la confianza del actor (que trabaja con la sensibilidad a flor de piel) e ir alejando lo negativo. (Me río cuando recuerdo a un actor que en el grupo me recriminaba que viera sólo lo positivo, descreyendo de mis palabras, considerando que lo halagaba en forma no auténtica) Como contrapartida, un crítico puso en su nota que ACB como director siempre lograba sacar lo mejor de sus actores. En fin… El director es un articulador, es quien debe observar, dejar construir los personajes desde la vivencia de quien pone su cuerpo y su alma para que la ropa le calce correctamente y no quede forzada. Debe ser firme pero tolerante, y no faltarle el respeto al verdadero laburante. Aborrezco de los directores que se comportan sádicamente y de los actores que lo necesitan. No. La construcción de la obra y los personajes, aunque parezca caótico (y sí, en toda creación debe estar el caos) surge de la Nada. Y sobre ella, junto con la historia personal de cada uno de los que integra el elenco, y la historia grupal que se va generando (llena de amores y odios, penas y alegrías) aparece lo que el público va a recibir como labor sincera, más allá de gustos y preferencias.

El director, además, es quien tiene una idea más acabada de la obra, el texto, sus tiempos, el escenario, los movimientos, el vestuario, la música, los silencios, los efectos, pero eso no debe hacerle perder la humildad de dejar expresar al actor quien es el que va a aportar el alma. Yo no tengo religión aunque soy religioso, por tanto no creo que el soplo divino (espíritu) venga del director al actor. No. Sí creo en el alma que anima (de ahí: animal, que tiene alma) que es una construcción íntima y también colectiva.

El espectador se pierde lo verdaderamente disfrutable que es la elaboración. Por eso me gusta mucho, aunque algunos me critiquen, el llevar un cuaderno de bitácora que describa la historia de ese encuentro en la vida que en forma parturienta da nacimiento a la magia. 

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