En la antigua Hélade, Alina una adolescente prostituta emprende con su enamorado un largo viaje hasta llegar a...

 

 

 

Psic. Andrés Caro Berta (*)

 

 La suave prostituta derramó el vino puro, sin mezcla, por encima del pecho del marinero borracho, quien creyó interpretar en ello un juego amatorio; sin embargo, el vino derramado ofició  como ofrenda a los dioses, la que fue acompañada por una bendición en su lengua natal, pidiendo por la relación que estaban por  tener.

 

El hombre casi simultáneamente entró en un cálido sopor que lo transportó por los paisajes más deseados de la lejana y añorada tierra de donde provenía.

 

 

Cuando despertó, ella, que estaba a su lado, le dio un tierno beso en la mejilla, le halagó con frases que remarcaban su poderío viril, y le pidió que tuviera más recato en la próxima visita.

 

El cliente, confundido, creyendo absolutamente todo lo dicho por tan bella hetaira,  salió del burdel, contento y diáfano, sintiéndose el más dichoso de la isla.

 

Mientras tanto, ella cerró la cortina y contó el pago. No estaba mal.

 

 

La que había sido consagrada a la Afrodita Vulgar, la diosa de las Dulces Nalgas, al igual que su madrina, Lysis de Mileto, recordó -siempre lo hacía- que una noche de tormenta, cuando era apenas una niña, unos piratas asquerosos entraron en la casa del Cerámico Exterior y la raptaron  llevándola a una extraña tierra rodeada de mar, que nunca quiso saber cómo se llamaba.

 

Allí, a los tres días, fue comprada en el Mercado de Esclavos por una astuta matrona que, conocedora de su oficio, midió ancas, tetas y dientes, y supo que podría disponer de una nueva quinceañera en su prostíbulo, para placer de sus clientes.

 

Cuando llegaron a la casa, la niña, sin previo aviso, le tocó la frente a la vieja desdentada con el pulgar, y la alcahueta se mareó, escuchó sonidos agradables y murmuró, con los ojos en blanco, el conjuro que la otra le hizo recitar.

 

"Juro por  Lysis de Mileto y por la Atenea Calípige, que Arina, la Diosa de los Labios Ardientes tendrá su propia habitación y no permitiré que se sepa su forma de enamorar a los clientes. Ella, por su parte, jura que será la que más monedas me aportará. La defenderé con mi propio cuerpo y si fuera necesario, para que conserve su secreto, la protegeré hasta de mí".

 

 

Pasaron los años y la joven fue creciendo, como también su fama de hechicera del amor, convenciendo a quienes la visitaban en su lecho, de sus artes amatorias de las que todos daban fe, aunque en secreto temieran formar parte del ya divulgado hechizo del vino encantado, por el que se caía en un profundo y agradable sopor.

 

Su fama fue tan grande que hasta príncipes extranjeros arriesgaron sus vidas para ir a la isla, en busca de una noche de amor con Arina, la diosa de los Labios Ardientes.

 

Los clientes, que pagaban fortunas, intentaban  permanecer despiertos de madrugada, y para evitar la modorra que les ganaba, se combinaban con esclavos que desde el patio externo golpeaban vasijas vacías mientras perros entrenados no dejaban de ladrar, o amigos escondidos gritaban el nombre del afortunado en busca de que el vino no hiciera efecto.

 

Sin embargo, ninguno lo logró.

 

 

Una mañana, Arina caminaba por las callejuelas de la isla mientras el esclavo empujaba a vendedores y artesanos para que ella pasara, cuando al cruzar por el puerto, dio tal grito ahogado que el egipcio, asustado, sacó su arma y quedó mirando para todos lados, buscando inútilmente lo que había asustado a su ama.

 

Lo que ocurrió fue que la muchacha, en ese instante, descubrió a quien sería el amor de su vida.

 

Éste, un joven  delgado y rubio, bajaba de su nave y distraído con el amarre, no reparó en la mujer, circunstancia que le permitió a ella  observarlo más detenidamente.

 

Pero Arina no era tonta. Sabía que si bien hacía casi la vida de una mujer libre, pertenecía a la vieja arpía. Además, su pequeño tesoro acumulado podía perderse si se dejaba arrastrar por lo que su cuerpo y su alma le reclamaban.

 

Mirándolo  sin ser vista, se propuso seducirlo.

 

Al regresar a la casa, organizó un banquete donde estarían solo ellos dos.

 

Cuando estuvo todo pronto, mandó al mensajero con la invitación.

 

Esa tarde, él se presentó a la puerta y ante el portero reclamó ser atendido por la joven. Era un adolescente ateniense, apuesto, tartamudo, deseoso de lechos femeninos... y masculinos, ambicioso, amigo de Pericles y Sófocles, gran conocedor de las trampas que impone la vida.

 

Mirándolo desde atrás de la cortina, mientras sus pómulos se enrojecían, supo que sería él quien le haría derramar la Gran Sangre.

 

 

Al comenzar el banquete, luego de presentarse recatadamente, ordenó que ningún sirviente interrumpiera por motivo alguno el encuentro, y dispuso que ella misma fuera quien realizara todas las tareas, lo cual resultaba escandaloso.

 

 

Una vez terminada la primera comida, ella tocó la lira, bailó la danza calípige, recordó y ejecutó los bailes que Lysis de Mileto le había enseñado cuando niña, y movió tan tensamente su bajo vientre que el joven, recostado en uno de los lechos del óvalo de las fiestas estuvo a punto de desmayarse.

 

En una habitación para doce comensales, ellos jugaban al descubrimiento del otro, en una batalla simulada donde cada uno hacía el papel acorde a lo que el otro esperaba. Él era el guerrero, seguro de sí mismo y ella al animalito acorralado a punto de ser atrapado que se salvaba y retomaba el coqueteo con su perseguidor. Conocedora de los tiempos masculinos, lo provocaba y luego lo desestimulaba.

 

Cuando ella puso las nalgas perfectas sobre sus ojos, en medio del aplaudido baile de la

 

Diosa Dulcinalgas, él la tomó de la cintura, la atrajo hacia sí y entró en su cuerpo  sin ningún miramiento.

 

Tras una corta cabalgata, depositó su cálido licor dentro de ella y entonces Arina, horrorizada al ver que no había podido cumplir con su propósito de embriagarlo para disfrutarlo a su antojo, primero intentó suicidarse, luego pensó en matarle y por último prefirió esperar los acontecimientos y gozar con el que ya era su Primer y Único Amor.

 

Sabía que, en pocas horas, la pequeña ciudad iba a conocer lo ocurrido.

 

Mientras acariciaba los cabellos rubios y ensortijados  como en un ensueño, él le declaró sentirse perdidamente enamorado.  Le confesó saber perfectamente quién era, y juró raptarla a condición de que ella, en la ciudad de Atenas, aceptara ser su cortesana.

 

La mujer, deslumbrada por el ofrecimiento, le dijo que sí inmediatamente.

 

Luego urdieron  frenéticamente un plan de huída, conviniendo en escapar de la isla esa misma noche, por la zona montañosa para evitar miradas indiscretas.

 

 

 

  

 

Simulando ir en busca de monedas y ofrendas, él volvió al barco y dispuso con sus esclavos  la partida en secreto, regresando a la casa donde ella lo esperaba.

 

En tanto, para disimular y ganar tiempo, Arina había hecho entrar a un cliente al que había dormido con el vino.  El hombre creía en esos momentos, tenerla entre sus brazos.

 

 

Así, disimuladamente, llegaron los dos hasta la zona del puerto y se embarcaron.

 

 

Al día siguiente, cuando los fornidos guardias de la isla fueron alertados, nada se pudo hacer ya que los esclavos del ateniense, luego de una ofrenda a Poseidón, se habían encargado de agujerear cuantas naves hallaron en los muelles de la ciudad.

 

Una vez instalados en Atenas, se presentó un serio inconveniente ya que la mujer no podría pasearse libremente por las calles, ante el riesgo de que algún viejo cliente la descubriese y diera  la voz de alerta.

 

Esto, ambos, lo resolvieron de la mejor manera.

 

Él inventó una historia en la que se contaba cómo la joven se le había presentado al costado de la nave, en una noche serena, encima de un pez lo que interpretó como un signo de que se trataba de una enviada de la diosa Afrodita.

 

SI bien los atenienses se burlaban de la historia, ninguno osó contradecirla, sobre todo viniendo de alguien con respaldo familiar y político, que tanto había beneficiado a la ciudad.

 

Junto con este relato fantástico, secretamente los dos se dedicaron a  intensas prácticas amatorias que, además de ser muy disfrutables, dieron como resultado la transformación del cuerpo de niña en mujer, a tal punto que Arina no necesitó más cremas ni afeites.

 

 

De esta forma, ambos fueron felices por un largo tiempo.

 

Todo trascurrió apaciblemente hasta que una noche, un invitado a sus banquetes, completamente borracho, mirándola fijamente, escuchando su voz y viendo sus bailes supo que esa mujer no era otra que Arina, la diosa de los Labios Ardientes.

 

Convencido de ello, se incorporó pálido mientras rápidamente perdía la borrachera. Actuando sin ninguna prevención, salió corriendo frenéticamente por las calles de Atenas gritando su descubrimiento, hasta que los molosos de los guardias le dieron alcance, lo destrozaron y lo mataron.

 

La gente amontonada se reía, pero pronto hasta las mujeres que nunca salían de sus gineceos supieron lo ocurrido.

 

Fue así que la pareja, abrumada, decidió huir.

 

Un pequeño grupo de amigos organizó una pelea callejera en el otro extremo de la ciudad mientras ellos dos, disfrazados, corrieron hacia la nave, la que con ayuda de los esclavos fieles, partió rápidamente del puerto.

 

Cuando se dio la voz de alerta, la embarcación ya no se divisaba  en el horizonte. Partieron así algunos arriesgados navegantes, pero al ver que iba  hacia las Columnas de Heracles, entendieron que no era oportuno continuar la persecución.

 

La nave, con pocos tripulantes, sin otro rumbo que el que marcara el dios Poseidón, atravesó tormentas horribles, hambrunas desesperantes y fiebres incontrolables. Comieron ratas, practicaron la antropofagia y bebieron la orina, para sobrevivir.

 

 

Una mañana acompañada por el canto de los pájaros, se despertaron con la sorpresa de divisar tierra firme frente a ellos.

 

 

 

 

Una bahía lentamente se agrandaba ante el asombro de los cuatro que quedaban, la mujer, el hombre y dos esclavos.

 

Cuidándose de posibles peligros exploraron el terreno, a la distancia.

 

Nadaron hasta la orilla y encontraron a un perro al que mataron, ofrendándolo  a todos los dioses, en agradecimiento por no dejarles morir.

 

Inmediatamente después del sacrificio, recolectaron y comieron frutos con los que saciaron el hambre, luego de lo cual se dedicaron a hacer, con mucha paciencia, una fogata en la que asaron un venado al que habían dado caza.

 

Cuando entraron en contacto con los lugareños, pocos y amigables, les enseñaron la lengua ateniense y fundaron lo que llamaron el Pueblo Amatorio, que perduró hasta que murieron los dos, casi al mismo tiempo.

 

Eso ocurrió en el siglo III antes de nuestra era.

 

Posteriormente, los nativos fueron emigrando a otras zonas de la región y así, la vegetación fue cubriendo las precarias edificaciones en las que habían habitado.

 

Pasados los siglos, cuando españoles y portugueses comenzaron a disputarse ese territorio, aún podían encontrarse algunos objetos los que fueron llevados en secreto tanto a España como a Portugal, quedando los mismos catalogados en el Archivo de Indias como indescifrables.

 

 

Bajo el edificio del Cabildo de Montevideo se esconden muchos misterios.

 

Entre ellos, los últimos tramos de la historia de esa pareja loca de amor.

 

Quiero pedirles que cuando visiten el  lugar, honren a estos dos que más de veinte siglos atrás, llegaron de Atenas y  fundaron en lo que hoy es nuestra ciudad, un Pueblo Amatorio, del que se perdieron casi todas las referencias.

 

Y dije "casi" porque en mis manos conservo este objeto, que prefiero por el momento no mostrar...

 

Cada vez que entren al Cabildo, recuerden cerrar los ojos y decir, casi en un susurro: "Alina, que los dioses sean contigo y tu enamorado, para siempre".

 

(*) Texto escrito especialmente para la presentación de mi libro de cuentos "Adrenalina Montevideanis (nada será igual)" en el Cabildo de Montevideo (Agosto 1997)

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