Bizarro, como para una película al estilo de Torrente, y no esta mediocre Perejiles
(Publicada en diario Cambio y cartelerateatrofff.com)
La idea era muy buena. Los que estamos hace años en el periodismo conocemos quiénes son los perejiles. Sabemos algunas de sus historias, los tenemos identificados, sentimos vergüenza ajena, en fin… Los perejiles son los convidados de piedra a cuanta invitación se curse a eventos donde haya comida y bebida… De allí que alguien, con buen sentido de humor, en algún momento les pusiera perejiles por aquello de que están siempre en las comidas…
Tiempo atrás publiqué un artículo llamado Mi relación con los perejiles, donde contaba algunas anécdotas al respecto, esperando ansiosamente la película.
ACABO DE VERLA…
Lamentablemente debo decir que no merece la menor crítica.
Su director, Federico González camarógrafo de TV Ciudad (un canal por cable de la Intendencia de Montevideo) vio la oportunidad de retratarlos. Hizo una primera copia, la presentó en el Centro Cultural de España, recibió amenazas y demandas millonarias, accedió a modificar la película y el resultado no deja de ser de una profunda pobreza conceptual, frente a un grupo de mediocres
Lo más grave está en que en vez de hacer un panorama amplio de la perejilada, buscando conocer algo más de ellos, incluso con algún sociólogo que explique la razón de la sinrazón, repite por un lado el esquema aburrido de TV Ciudad de poner frente a la cámara a algunos entrevistados, en este caso periodistas (Oh, casualidad de dos canales privados) que abren cada capítulo de la historia, comentando en tono burlón su relación con los protagonistas
Por el otro, centraliza su atención en dos perejiles. El tiro le sale por la culata, porque uno de ellos finalmente logra que sea presentado como periodista (y allí el filme se desmadra y entra en contradicciones)
El otro, un ciego, personaje conocidísimo, es fácil de engañar por su imposibilidad de ver. Entonces, el director se abusa filmándole sin su consentimiento, sonsacándole datos que no busca en los demás. No deja de ser una actitud cobarde
Pero además, el material que expone es mínimo. Estos seres ambulantes (hombres y mujeres, aunque aquí se centra en los primeros) concurren diariamente a cuatro o cinco lugares donde se sabe que habrá comida. Así desayunan, almuerzan, meriendan y cenan
Pero el registro fílmico de esta película es mínimo. Todo se concentra casi en un solo lugar, la Expo del Prado, cuando se podría haber recurrido a cientos de eventos y así ampliar el espectro y hacer un estudio más profundo.
La película es muy pobre. Apenas serviría para una hora de televisión, a duras penas. No trasciende la anécdota. Ya por la media hora está todo mostrado. Lo que sigue es reiterativo, hasta que… uno de los perejiles, por derecho a réplica se apropia del filme. A partir de allí, viene un largo periplo donde éste pasa a ser protagonista de PEREJILES, mostrando (o queriendo demostrar) que no lo es, que tiene cincuenta años de periodista, aceptando el director que muestre medallas, plaquetas, homenajes a él mismo, se le vea en un programa radial y luego haga gala de sus argumentaciones.
RESULTADO MUY POBRE
No. Así no. No es serio. El tema merecía un estudio más profundo, sin perder el humor que el hecho en sí encierra. Un humor bizarro.
Se les perdona la vida. Pasan a ser simpáticos.
Se les muestra como niños grandes que comparten veladas con gente importante que no sabe muy bien quienes y qué son, y a los que se les presta atención en la duda. Aparecen por ejemplo el entonces ministro de Educación y Cultura, Brovetto, además de Daniel Martínez y Sendic bastante incómodos, sin saber si quienes le hacen preguntas son periodistas o se hacen.
Esto merecía un filme al estilo de aquellos italianos de los 60. Por ejemplo, Los monstruos, con seres de carne y huesos que se asemejan a Gassman, Sordi y tantos otros
Pero no. Perejiles se pierde por el camino. Y pasa a ser aburrida y reiterativa. Y luego, imperdonablemente se desdice, se justifica y termina tan mediocre como lo son aquellos a los que quiso retratar.
UNA ANÉCDOTA REAL
Un ejemplo que me tocó vivir: Frente a la facultad de Arquitectura, en Montevideo, se presenta un libro. El lugar es elegante. Una casa antigua adaptada a eventos. Mucha gente escucha atenta a la autora. Frente mío, una mujer mayor espera cerca de una mesa a que lleguen los mozos. Finalmente los aplausos indican el final de la presentación. Se invita a compartir un brindis
Arriban las bandejas. Ante mi asombro, la mujer comienza a meter en un bolso amplio que cuelga de su brazo izquierdo el contenido entero de la bandeja. Y así una vez, y otra vez.
La organizadora descubre la maniobra. Ante todo el mundo presente, con voz fuerte se le enfrenta y le pide que saque todo y lo vuelva a depositar sobre la mesa. La mujer duda, no sabe qué decir y comienza a sacar los saladitos y masitas escondidos, poniéndolos en su lugar original, ya manoseados, claro. No se muestra consternada. Sólo la descubrieron esta vez. Se le invita a que se vaya y no vuelva más, en voz alta para que todos se enteren. Enfila hacia la salida. Pensé que había aprendido la lección.
Sin embargo, a los pocos días vuelvo a verla en el Instituto Italiano, en Cinemateca, en el Ministerio de Turismo, en muchos otros lados haciendo lo mismo.
Bizarro, como para una película al estilo de Torrente, y no esta mediocre Perejiles
