Edipo y Yocasta se aman. Juegan en la cama cuando entra la realidad al dormitorio. Son hijo y madre, y esposos y padres.
Autor: Andrés Caro Berta
Registrada en AGADU
Personajes:
Edipo
Yocasta
Creonte
Enviado
Guardia
Tiresias
ESCENA ÚNICA
DORMITORIO
(Una cama grande en medio del escenario. Otros objetos de acuerdo al director)
Yocasta y Edipo están sobre la cama, vestidos.
Edipo- ¿Ya salieron las niñas?
Yocasta- Edipo, ya no son niñas… Son mujeres…
Edipo- (Riéndose) Para mí lo siguen siendo…
Yocasta- Amor mío, qué tierno eres… ¿Y qué me dices de nuestros varones?
Edipo- Son terribles… Se quieren y se agreden por cualquier cosa desde pequeños… Y ahora que son soldados…
Yocasta- Es verdad… Me preocupa… ¿Qué será de sus vidas? Los padres que queremos a nuestros hijos, siempre nos preocupamos por el futuro de ellos…
Edipo- Amada mía… Ven… (La abraza) Nunca pensé que el destino me fuera a dar una mujer tan hermosa y cariñosa como tú…
Yocasta- El destino… El que nos gobierna…
Edipo- Si no fuera por la muerte de Layo… Me preocupa saber cómo murió…
Yocasta- Shhh… Ya lo has dicho tantas veces… Calma, mi viejo niño asustado… Calma… Estoy para cobijarte en mi pecho…
Edipo- Y también para darme toda tu pasión (La besa seductoramente) Si mi madre nos viera ahora… No entiendo porqué nunca ha venido a visitarnos…
Yocasta- Mélope es como todas las madres… Celosa de quien le roba a su hijo…
Edipo- Pero, ¿mi padre?
Yocasta- Está muy viejo para hacer viajes largos… No te tortures, Edipo, si quieres mandaremos una delegación para traerlos…
Edipo- No quiero presionarlos…
Yocasta- Bésame…
Edipo- No puedes pedirme nada mejor (la besa apasionadamente) Mi amor, nunca sentí esto por ninguna mujer…
Yocasta- Y yo por ningún hombre… Sabes cómo son nuestras leyes con las viudas… Cuando entraste al palacio, cuando mi hermano Creonte tomó mi mano y me entregó a ti ante la muerte de mi esposo y tu triunfo sobre la Esfinge, temí lo peor… Te vi tan… joven… Me asusté… Creí que me ibas a rechazar… Que ibas a negar el derecho que te asistía de quedarte con el trono y conmigo… Estabas… espléndido… Venías acompañado de vírgenes que abrían tu camino… Soldados te escoltaban… El pueblo… Tebas entera salió a saludarte… Y yo estaba al final de tu camino… Y me dije… Es demasiado joven y hermoso para mí…
Edipo- Sí, es verdad… El miedo a ser rechazado… Eso me sucedió cuando venía camino a la ciudad… Fue todo demasiado rápido… La Esfinge, esa perversa vieja tramposa… No las tenía todas conmigo… Cuando me hizo la pregunta, dudé si era correcta la respuesta… Pero me fastidiaba su poder, su deseo de hacer daño… A medida que me acercaba a la ciudad iba viendo cómo los campos se tornaban secos, las osamentas de los animales adornaban como fantasmas el camino, las mujeres y los hombres me miraban y envidiaban mi buen aspecto… Entonces, frente a ella, ante el silencio de quienes nos rodeaban le grité con furia que la respuesta a su pregunta era el hombre… Sí, el hombre, le dije… Es el animal del que tanto hablas… Es el animal que de mañana camina en cuatro patas, que en la tarde avanza en dos, y que en la noche, apoyándose en un bastón, tiene tres patas… La mujer de poderes sobrenaturales comenzó a contorsionarse cocinándose en su propio veneno, y cuando nadie lo esperaba salió de su escondite, corrió por entre nosotros, con los pelos revueltos y las ropas mugrientas, echó el fuego que la protegía en el pasto el que ardió con lenguas más altas que el más alto de los hombres y se fue hasta el precipicio que separa nuestra tierra del río. Y allí, sin detenerse, se tiró al vacío. Corrimos a ver qué sucedía, si era otra de sus trampas pero, no, su cuerpo se fue despedazando por entre las rocas que la iban golpeando y cuando llegó al agua, el río se tiñó de rojo… Curiosamente, contrario a lo que podríamos suponer, todos quedamos en silencio. Nadie hablaba, Yocasta… Nadie… Nuestros ojos estaban detenidos en aquella masa informe que flotaba, esperando el siguiente golpe… Pero no, sólo escuchamos el silencio… Entonces, explotamos de alegría… Y sentí que era el héroe…
Yocasta - Lo eres, Edipo, todo el pueblo te quiere…
Edipo - Aún no me lo creo… Algo que me resultó tan sencillo y me ha dado lo que nunca esperé encontrar… Ser el rey, gobernar con amor, la mujer más hermosa y adorable, cuatro hijos maravillosos… Cuando me contaron a lo que me había hecho acreedor, les dije que era mentira… No, yo no lo merezco… Si tan sólo… Pero insistieron… Hasta se ofendieron porque les rechazaba lo que era ley… Entonces, sorprendido, como aún lo estoy, acepté… Todos me abrazaban… Lloraban… Agradecían a los dioses… Y yo miraba sin poder creer lo que me pasaba… Al regreso, ya un poco más calmo y sabiendo quién me esperaba en el palacio, les preguntaba a los representantes del gobierno que me acompañaban, cómo eras… Te imaginaba un
Si desea leer todo el artículo debe loguearse haciendo click AQUÍ.