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Categoría: CRÍTICAS Y NOTAS DE CINE

Por cierto que este documental es terrible. Por muchas razones. Por lo que muestra, por cómo fue filmado, por mostrar que, como decía Freud, el Hombre es el lobo del Hombre.

 

 

Financiado entre otros por Werner Herzog y la organización Anonymus, el danés se introduce en el régimen imperante en Indonesia y ofrece a los “gansters” y los gobernantes hacer una película donde muestren lo que hacían, de lo que se sienten realmente orgullosos.

Así, bajo esa promesa toma como protagonistas a unos cuantos de esos matones y los seduce de tal forma que terminan filmando ya no solo la representación de lo que hacían a sus enemigos, sino también distintas escenas de ficción donde se disfrazan de gansters norteamericanos, o de mujer entre otros roles, mientras insisten en mostrar a la cámara la crueldad de sus actos reales.

 

Así, desfilar orgullosos desde el presidente de la república, pasando por ministros, el ejército regular, y un grupo de elite que hoy, ya viejos, rememora la tortura y la matanza de más de dos millones de personas en un corto tiempo, con una impunidad y desparpajo que uno como espectador no puede creer.

 

Como fondo, aparece el pueblo actual, sometido, en la miseria, temeroso de caer en las garras de ellos nuevamente, obligado a “actuar” para la película repitiendo lo que sucedió tiempo atrás (acusaciones, castigos, incendio de sus casas), pero esta vez para las cámaras.

 

Lo grotesco está presente todo el tiempo. Mientras el director del documental juega a un rol “inocente” con ellos, casi de colaborador de lo que cuentan, estos protagonistas se van soltando, se entusiasman con las anécdotas, sueltan la lengua, muestran sus dudas de cómo serán recordados, participan de un programa de la televisión estatal donde son entrevistados por estar filmando una película, y se nota el beneplácito de la conductora con los crímenes cometidos.

 

Y cada tanto, algunos se preguntan porqué los hijos de los comunistas asesinados no se han rebelado… Y aceptan que estos comunistas no eran crueles, que los crueles eran ellos y ahí dudan si vale la pena mostrar en la pantalla lo que hacían, porque van a quedar… como lo que son… un grupo feroz de psicópatas con poder.

 

Hay escenas impactantes. Pero lo que más duele es el desparpajo de esta gente. Y el poder que tienen. La cúpula gobernante es poderosa, vive en un mundo paralelo a la realidad de su pueblo, actúa con desprecio hacia los habitantes, y mantiene una reserva de un ejército también paralelo al oficial de más de tres millones de integrantes.

 

Como en las películas de mafiosos, ellos recorren orgullosos los pobres mercados reclamando dinero a los comerciantes, a cambio de no molerlos a palos y matarlos. Exigen a unas mujeres hacer de comunistas, para así castigarlas ante la cámara, con el beneplácito de todo el barrio miserable, que mira divertido el hecho, mientras los hijos de esas mujeres, ajenos a la ficción que se filma lloran desconsoladamente.

 

Así, puedo continuar describiendo situaciones que están dentro de lo grotesco y canallesco. Quizás lo interesante sea, sobre el final el quiebre de uno de los principales gansters, quien comienza a contar (y filma la representación) de sus sueños persecutorios y entra en cierta angustia. Claro, el resto de los asesinos vive orgulloso de sus actos.

 

La película vale, además, para entrar en la mente de los torturadores, los integrantes de los gobiernos de facto, en todo aquel humano que ejerce la violencia psicógica, moral, física. Sirve para entender lo inentendible. El porqué alguien puede sentir placer en torturar a otro, más allá de los beneficios económicos que eso le de. Hay un placer erótico en la violencia. Un placer que no requiere de justificaciones morales. El psicópata no siente culpa de sus acciones. Y si ese individuo además, está amparado por un régimen poderoso, integrado por otros tantos como él, es espeluznante el resultado.