(The Silver Lining Playbook)
EL DÍA QUE DE NIRO LLORÓ
(Publicado en diario Cambio)
La anécdota ya ha recorrido el mundo de Internet. En medio de una entrevista televisiva con la periodista Katie Couric, Robert de Niro, que estaba junto al director de la película, promocionando la misma, al ser interrogado sobre ella no pudo contener el llanto, debiendo detener su exposición
Esto, auténtico, marca el involucramiento de este veterano actor con la historia que se cuenta en El Lado Luminoso de las Cosas, algo a destacar
Ocurre que todo nace de una historia personal del director, David O. Russell quien tiene un hijo que padece trastorno bipolar
De Niro, ante la pregunta de si se había involucrado en su papel, dijo “No me quiero emocionar, pero sé exactamente por lo que él pasó”, y luego no pudo continuar. Parece que tal emoción también le embargó cuando el director le alcanzó el guión para que lo estudiara.
Esto que es una buena señal para lo que se muestra en la pantalla inicialmente, luego lamentablemente va debilitándose a medida que pasan los minutos, en la película hasta convertirse en una comedia más de las previsibles de la industria de Hollywood.
La misma se inicia con un tono dramático, contando lo que vive un hombre, Pat Peoples (Bradley Cooper) que luego de presenciar cómo su mujer y un docente del mismo colegio donde él da clase, están teniendo una apasionada relación sexual en la bañera, mientras suena en la radio la misma canción con la que se casaron el protagonista y ella, termina internado ocho meses en una clínica psiquiátrica, buscando que superar el trauma de un hecho que conmovería a cualquiera, acusado de violento (cabría preguntarse si la violencia no está en el abuso del colega y su propia mujer, teniendo relaciones en la bañera de la casa del matrimonio…)
Este hombre, Pat Peoples, vive en una familia disfuncional, nada apta para alguien que pretenda ser “normal”, según las pautas sociales
El padre (Robert de Niro) es un jugador empedernido que apuesta hasta lo único que tienen para subsistir, un restorán familiar; el hermano (Shea Whigham) un yuppie desagradable que odia a Pat, aunque en la misma escena e incompresible y bipolarmente cambia de actitud y termina amándolo profundamente (error garrafal del guión); la madre, una ama de casa (Jacki Weaver, lejos de su actuación en la australiana Animal Kingdom) que trata de buscar siempre que todos no se peleen y un personaje extraño en la propia casa. Un familiar que abusa de las apuestas del padre del protagonista
En la clínica psiquiátrica las cosas no son mejores. Buscan curar a este hombre cargándolo de miles de pastillas de todos colores, el terapeuta actúa casi con piloto automático., mientras nadie parece interesado en entender que más que bipolaridad, lo que le pasa a Pat es absolutamente comprensible. Pero no, todos cuidan la integridad de quien lo engañó… Cosas que pasan en la realidad…
Cuando conoce a la hermana de la mejor amiga de su esposa,Tiffany (Jennifer Lawrence) sufre un cambio. Ella, reciente viuda de un policía, mujer que carga orgullosamente con decenas de relaciones sexuales, por lo que la echaron del trabajo (se acostó con diez compañeros, dos de ellos, mujeres), se vincula con Pat a través de su propia violencia, y se establece un vinculo importante entre ambos, buscando que la acompañe en un concurso de baile que se realizará a fin de año en un teatro glamoroso del lugar.
Hasta ahí, todo bien. La película transcurre como un drama, o una comedia dramática donde hay muchas denuncias, algunas implícitas y otras claras hacia lo que se puede entender como salud mental. En realidad, el protagonista se presenta mucho más sano que todos los que le rodean, incluso el esposo de la hermana de Tifanny (John Ortiz), quien vive desesperado por darle lo que no tiene, económicamente, a su esposa a quien adora, pero por lo cual va destruyendo su propia salud.
Luego de la presentación de los personajes, la película comienza a cambiar. Y empeora, al punto de convertirse en una más de las del viejo sueño americano, donde todo es posible si te lo propones
Así, la buena idea inicial se desmorona totalmente, al punto de convertirse en una película típica para ver en televisión un domingo de tarde y después… olvidarse de ella.
Son dos películas. Una hasta la mitad (casi exactamente) y otra, luego hasta el final, donde todo es tan, tan convencional y previsible que pierde seriedad lo anterior.
Por supuesto que no voy a contar lo que ocurre allí, pero El lado bueno de las cosas naufraga en la credibilidad del espectador. Pero además plantea como buenas, conductas que dejan que desear.
La más grave es ese familiar que convive todo el tiempo con ellos, y que busca quedarse sin más con el restorán (insisto, único sustento) a través de apuestas, y los otros lo toman como algo natural, sin ningún drama.
Los protagonistas buscan salir del embrollo a través de otra apuesta que se resuelve en la escena del concurso de baile.
Hay cambios bruscos en los personajes que no son resueltos correctamente (una bipolaridad del guionista) como la transformación de un momento a otro del taciturno psiquiatra (el actor hindú Anupam Kher) en fanático de fútbol americano, encerrado con los demás en la cárcel por una riña entre rivales de dos clubes deportivos. O el caso del paciente que entra y sale de la clínica (Chris Tucker) y que no se sabe si está más cuerdo que sus encerradores, y que de buenas a primeras aparece en libertad total, sin ninguna aclaración previa.
En fin, una pena. Algo que comenzaba como una comedia negra, o una comedia dramática, termina en la pavada, al punto de parecerse a las películas de adolescentes universitarios del país del norte.
Todo termina bien. Todos se perdonan. No hay rencores de ningún tipo. La vida es bella… Aleluya… Y… No mejor no lo cuento…