Gonzalez Iñarritu nos cuenta cómo creó este filme
(Nota publicada en diario Cambio)
LA HISTORIA
Como la vida misma, ésta es una historia circular que termina donde comienza.
Biutiful es el relato de amor entre un padre y sus hijos.
Éste es el Viaje de Uxbal, un héroe trágico peleando contra la corrupción, tanto en la sociedad como dentro de sí mismo, mientras lucha por finalmente encontrar la compasión, el perdón, la redención y la luz en todo lo que lo rodea, al tiempo que se rinde sin límites a su Destino a través del inmenso amor por sus hijos. ¿A dónde vamos cuando morimos? Uxbal sólo puede responder que hay un lugar de seguro: La memoria de los otros.
Acerca de Biutiful
Por: Alejandro González Iñárritu
Cuando acabé Babel, estaba tan agotado que pensé, deliberadamente, que mi siguiente película tendría un único personaje, con un solo punto de vista, transcurriría en una única ciudad, con una línea narrativa directa y en mi propio idioma natal.
Y si, aquí estoy. Biutiful es todo lo que no había hecho hasta ahora: una historia lineal cuyos personajes mueven la historia dentro de un género inexplorado para mí: la tragedia.
Biutiful es para mí una reflexión acerca de nuestra breve y humilde permanencia en esta vida. Nuestra existencia, tan rápida como el parpadeo de una estrella, sólo nos revela su inefable brevedad al sabernos cerca de la muerte. A últimas fechas he pensado en mi propia muerte. ¿A dónde vamos? ¿ En qué nos convertimos cuándo nos morimos? En la memoria de los otros. Esta es la angustiante y vertiginosa carrera contra el tiempo que Uxbal enfrenta. Qué hace un hombre con sus últimos días de vida, ¿se dedica a vivir o a morir? Sin embargo, desde un principio yo no estaba interesado en hacer una película sobre la muerte, sino una reflexión sobre la vida y dentro de la vida mientras inevitablemente la perdemos.
La sociedad moderna padece, entre muchas otras cosas, de una profunda crisis de tanatofobia. Por eso mismo, sabía que la contradicción formal y temática de intentar un poema sórdido acerca de un hombre iluminándose mientras cae en el oscuro pozo de la muerte sería un reto.
Los noticieros nos reportan a diario estadísticas de cientos de miles de personas muertas y explotadas dentro de estos panales humanos que se han formado en los suburbios de todas las ciudades europeas. La vertiginosidad y vacuidad de estas noticias nos tiene sedados y sin la capacidad de metabolizar la dura realidad de los pobres, los inmigrantes, los siempre invisibles. Al visitar en 2007 Barcelona, el personaje de Uxbal me dijo que pertenecía a ese mundo.
Muchos de los personajes no son actores y de hecho han tenido una vida semejante o paralela al mundo de la película, pero ¿como nació todo esto?
Mis películas siempre nacen a partir de algo muy vago, retazos de una conversación, la visión fugaz de una escena por la ventanilla del coche, un rayo de luz o notas musicales. Biutiful empezó una fría mañana de otoño de 2006 mientras preparaba el desayuno con mis hijos y puse un CD del Concierto en Sol Mayor para Piano de Ravel. Unos meses antes, había puesto el mismo concierto mientras íbamos en coche desde Los Ángeles al Festival de Cine de Telluride. Las vistas en la zona de los “Four Corners” eran espléndidas, pero cuando acabó la pieza de Ravel, los dos niños se echaron a llorar a la vez. La melancolía, la sensación de tristeza y belleza que desprende la composición les conmovió. No pudieron resistir ni explicarlo; sólo lo sintieron. Cuando volvieron a oír las notas del concierto aquella mañana, los dos me pidieron que lo quitara. Se acordaban claramente del impacto emocional que les había producido la música. Esa misma mañana, un personaje llamó a la puerta de mi cabeza y me dijo: “Hola, me llamo Uxbal”. Iba a vivir con él durante los tres años siguientes. No sabía lo que quería, quién era ni dónde iba; era escéptico y lleno de contradicciones. Pero seré honrado y reconoceré que sabía cómo presentarle y cómo acabar con él. La vulnerable imagen de un hombre en cuclillas visitando al proctólogo se clavó como un clavo en mi cabeza. Sí, sólo tenía el principio y el final.
No fue hasta un año después, mientras andaba por el barrio de El Raval en Barcelona cuando todo cobró sentido. Barcelona es la reina de Europa. Es maravillosa, pero como cualquier reina, también tiene un lado mucho más interesante que la obvia y, a veces, aburrida belleza burguesa que admiran los turistas y suele plasmarse en postales. Desde los 17 años, cuando recorrí el mundo trabajando a bordo de un barco de carga limpiando pisos, me fascinan los barrios escondidos que nadie ve, me tocan. Me refiero al diverso, complejo, marginal y multiétnico nuevo mundo de reciente creación en Barcelona y en la mayoría de grandes ciudades de Europa. Era imposible imaginarlo cuando fui por primera vez a Barcelona a los 17 años.
Durante los años sesenta, Franco apoyó la emigración a Cataluña de cientos de miles de personas procedentes de toda España en un intento de romper la cultura catalana y reforzar la prohibición de hablar catalán. En medio de una tremenda recesión económica, personas de habla castellana, en su mayoría de Extremadura, Andalucía y Murcia, se convirtieron en emigrantes en su propio país. Se les ordenó vivir en un extrarradio de Barcelona llamado Santa Coloma y se les llamó “charnegos”, una palabra despectiva para describir a los emigrantes pobres y a sus hijos. Con el auge económico de los ochenta y noventa, los “charnegos” empezaron a dejar Santa Coloma y fueron sustituidos por emigrantes procedentes del mundo entero. Aunque El Raval, también conocido como “Barrio Chino”, es famoso por ser el barrio más diversificado de Barcelona, me enamoré de Santa Coloma y la cercana Badalona. En esas dos zonas conviven en paz senegaleses, chinos, paquistaníes, gitanos, rumanos e indonesios; cada uno sigue hablando su idioma sin necesidad de integrarse a la cultura española. Y para ser sincero, tampoco parece que la sociedad esté muy interesada en integrarlos.
Pero más que el interesante fenómeno político y sociológico que está ocurriendo en Barcelona y otras ciudades europeas, el impacto emocional que me produjo fue enorme. Aunque de lujo y privilegiado, yo soy un inmigrante desde hace diez años, y la conciencia de inmigrante o huérfano geográfico es la misma en todos los que no pertenecemos y por lo tanto estamos alerta.
Escribí una biografía meticulosa de cada uno de los personajes. Incluso de los personajes chinos y africanos. Todos debían tener un pasado, una razón de ser, y no simples personajes utilitarios. Lo hice para conocerlos bien y para ayudar a los actores a entender de dónde procedían. Uxbal nació de padres “charnegos” y forma parte del 10% de castellanohablantes que se quedaron en Santa Coloma. Los emigrantes no le son extraños. Creció con ellos. Trabaja con ellos. Cruzar el barrio un domingo es una experiencia física, espiritual y emocional. Se ven grupos de gitanos cantando en la calle, mientras unos musulmanes rezan en el parque o difunden sus oraciones a través del altavoz de una pequeña mezquita, y una iglesia católica está llena de fieles chinos. Quería que la historia fuese ese tipo de viaje físico, espiritual y emocional.
Desde mi visita a Barcelona, mi subconsciente empezó a dictarme la historia de forma compulsiva. Mi hija María Eladia me contó que cuando muere una lechuza, escupe una bola de pelos. Aquella noche soñé con esa imagen. Y todo empezó de otro modo. Vi a Uxbal como alguien lleno de contradicciones: un hombre con una vida tan ocupada y complicada que ni siquiera puede morir en paz; que protege a los emigrantes de la policía, pero que los explota. Un hombre de la calle con un don espiritual que le permite comunicarse con los muertos y guiarlos hacia la luz… pero que cobra por hacerlo; un padre de familia con el corazón roto y dos hijos a los que ama, pero con los que pierde la paciencia; un hombre del que todos dependen y que depende de todos; un hombre primitivo, simple, humilde, con una profunda visión sobrenatural.