Alguien conocido me dijo que este tipo de película es para recordarla hasta la salida del cine. Quizás sea un concepto demasiado duro, pero hay algo de eso.
(Publicado en diario Cambio)
EL ARTE DE CONTAR Y ERRAR EN LOS FINALES
Es que en estos filmes lo que importa es la adrenalina. Pura. Lo demás es secundario.
En ese sentido los norteamericanos son los grandes narradores de historias. Las saben contar. Desde los escritores del siglo XIX han sabido instaurar un estilo del cuento corto, donde uno como lector disfruta página a página casi sin poder soltar el libro.
Han adquirido el estilo de atrapar con su lectura aunque luego, ya sobre el final el producto se va deshilvanando.
Eso llevado al cine es un hecho que se repite.
Estados Unidos ha instaurado en el mundo su producción que está basada no en la profundidad de lo que se cuenta, sino en el ritmo (por momentos, vertiginoso) de la narración, perdiendo fuerza y credibilidad ésta cuando está arribando a los tramos finales.
Es una característica que apenas se ha roto en filmes independientes que han aprendido de los europeos (en especial, los ingleses) a prestar atención mayor a las tramas, los personajes, los por qué de lo que ocurre.
Esto que señalo es lo que muestra este ASALTO AL PELHAM 123
De la mano del gran artesano que es Tony Scott (excelente en la acción junto a su hermano Ridley) aquí la historia que se narra es lineal. Tiene algunos apuntes (que veremos más adelante) pero su ritmo no decae y tampoco permite detenerse en detalles que aclaren mucho de lo que se muestra.
Ya en los títulos iniciales comienza la acción vertiginosa con la muestra de individuos que, claramente son quienes van a cometer el asalto al tren subterráneo, junto con las instantaneas de quienes oficiarán de rehenes.
A su vez, aparece quien es el héroe (Denzel Washington) en su labor de controlador de dichos vehículos.
Este será, en definitiva, el personaje más elaborado. Se sabrá que está acusado de soborno por la compra de máquinas japonesas y que por eso se encuentra sumariado, que su esposa espera en casa (como toda buena esposa norteamericana que se precie) que la pesadilla termine sin oponerse a lo que su marido disponga y (como dato gracioso y típico del cine norteamericano, el toque de humor) en este caso, pedirle que lleve leche de vuelta al hogar cuando los malos sean vencidos…
UN TRAVOLTA DESPERDICIADO
El villano de turno es un oscuro John Travolta del que se omiten datos fundamentales para saber por qué hace lo que hace.
Porque quedan demasiados cables sueltos para entender su accionar.
Comanda un grupo con el que controla un vagón del subterráneo cargado de pasajeros, lo lleva a un lugar apartado de los túneles por los que corren dichos vehículos y se conecta con la central para pedir como rescate un millón de dólares. Y un centavo… que se lo deja de propina a Denzel.
En el transcurso de la investigación policial ellos van descubriendo el porqué de esa cantidad, la identidad de alguno de los que lo acompañan y se tira algún dato de quién podría ser dicho personaje, pero es tan poco explicitado que finalmente uno no entiende muy bien su motivación. Y su inmolación final…
¿Qué buscaba? ¿Realmente hacerse de ese botín? ¿Su propia destrucción?
No se sabe. Y quizás no importa porque todo está en función de la adrenalina que genera ese subterraneo colmado de gente que puede morir en cualquier momento.
Hay dos personajes cercanos a la historia que también merecían un poco más de datos propios como son el mediador de la policía (John Turturro) y un pícaro alcalde de Nueva York, un individuo corrupto que sólo es delineado. James Gandolfini (Los Soprano) está absolutamente desperdiciado.
Lamentablemente porque se le podría haber sacado mucho para disfrute del espectador.
REMAKE
Es imposible alejarse de la comparación con la primera película dirigida por Joseph Targen, en 1974 que tenía como protagonistas a Walter Mathau y Robert Shaw, basada en la novela de John Godey. En esta anterior sí se daba un duelo interesantísimo entre ambos personajes, y se adentraba más en las características de los mismos, cosa que no ocurre en esta nueva versión.
Lo que hay que rescatar es la labor de fotografía. Tobías A. Schliessler realiza una labor excelente que es, en definitiva, la gran protagonista. En una nota anterior expresaba cómo se había filmado, y los riesgos y prevenciones que hubieron durante el rodaje.
DENZEL, TONY Y BRIAN
Denzel Washington personificando a Walter Garber -un controlador del metro neoyorquino- se muestra como aburrido en su papel. Excelente actor comienza a repetirse en las películas actuando en roles similares e intrascendentes para su carrera. Una pena. Le recuerdo en El diablo vestido de azul (su mejor película), o El embajador del miedo.
Lo curioso está en que esta versión fue guionada por Brian Helgeland, que hiciera trabajos excelentes como L.A. Confidential o Río místico.
Scott como director se luce en la acción vertiginosa. Las calles atestadas de tránsito, sorprendidos los automovilistas por el despliegue de caravanas policíacas, los helicópteros, los túneles, todo enfocado hacia la diversión del espectador, pero alejándose de todo aquello que resulte reflexivo.
Por tanto, véala si gusta de este tipo de cine policial. De lo contrario…