Imprimir
Categoría: Actividad teatral anterior a 2017

Los aplausos y elogios al final son en merecido premio a una obra que tiene detrás bastante más de lo que en principio parece. 

Esta crítica de Leonardo Flamia fue publicada en Guía del Ocio. 31.3.06

 

 

 

El argumento de la obra es sencillo. Amalia, una ex estrella del radioteatro, se lamenta de que ya no se acuerden de ella. Los giros de su parlamento la llevan por recuerdos de su época de fama, por sus amantes, y se lamenta de su situación actual. Viuda, también reniega del olvido de sus hijos y sus diatribas se mezclan con elementos cotidianos. El autor, Andrés Caro Berta, no ha querido crear un personaje ajeno a nosotros, todo lo contrario. Amalia adolece de todas las virtudes y de todos los defectos de la generación que representa. En realidad aparece un personaje que ya no puede mirar hacia adelante, sus sueños ya se realizaron en el pasado y sin embargo esta Amalia que se lamenta de haber perdido su esplendor, que en detalles nimios es arrogante, nos resulta entrañable. La historia comienza a tomar otros rumbos cuando la ex actriz, solventemente interpretada por Raquel Gutiérrez, recibe la invitación a una entrega de premios. ¡Por fin un reconocimiento!. Pero no, en realidad los organizadores del evento están interesados en que Amalia le entregue un premio a su peor enemiga en sus épocas de actriz. ¿Cómo? ¡Nunca! Hasta aquí la obra recae en Gutiérrez y se debe reconocer un gran trabajo escénico. Mantener esta historia creíble, como lo hacen, dentro del plano de la ilusión teatral, debe haber costado mucho trabajo. Pero de golpe aparece el elemento casi mágico. Toca a la puerta Pedro, quien se presenta como el mayor admirador de Amalia. Pedro, muy bien interpretado por Enrique Martínez Pazos, es una personalidad opuesta a Amalia. Está lleno de ilusión, de cariño. En el ocaso de la vida se comporta como un adolescente entusiasmado y de a poco, luego de vencer los obstáculos que le plantea Amalia, le contagia esa ilusión. Amalia desconfía al principio, más allá de lo increíble de la situación, en el plano de esta ilusión lo que parece es que le teme a la desilusión. Sin embargo esta actriz olvidada, que comienza lamentándose y regodeándose en un pasado que tampoco fue tan brillante, termina mirando para adelante, soñando. Toda la obra juega con más de un plano de ficción. En realidad uno no está seguro si lo que está viendo es una obra de teatro o la representación de un radioteatro que acontece dentro de la obra misma. La historia apunta a lo cursi pero no a la cursilería. El autor ha querido plantear un homenaje a las épocas de los famosos radioteatros, con cariño y afecto, pero también intenta demostrar la posibilidad de que en la vejez se pueda ser feliz por si mismo, tener una vida afectiva propia y seguir soñando. Nuevamente hay que recalcar que sin un muy buen trabajo de dirección y de actuación como el que se da, esta obra no se sostendría. Es un texto que adquiere su dimensión real solo sobre las tablas. Los aplausos y elogios al final son en merecido premio a una obra que tiene detrás bastante más de lo que en principio parece. 

 

Leonardo Flamia